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Victory Program
Dominican Republic

Casos reales de personas que han superado sus problemas con nosotros

Germán
Participó en el Programa Victoria en 2007

Dioni
Limpio y sobrio desde 1992

Igor
En el Programa desde 2024

Testimonios incluidos en el libro
Objetivo: Libertad

Objetivo: Libertad. Hoja de Ruta para salir del laberinto de la adicción.

El último vagón

Te envidio, afortunado lector de este libro.

Si yo hubiera alcanzado la fortuna de haberlo tenido en mis manos hace años, en las páginas de mi vida habría habido menos dolor.

Te supongo afectado por la misma enfermedad que yo -la adicción- y no sólo una persona curiosa que quiere saber por dónde anda la investigación en el campo de la drogodependencia. Si es así, este texto puede ser la llave que cambie tu existencia y que como a mi, te salve.

Las enfermedades no reparan en el currículo de quienes las padecen, de modo que la máxima autoridad en cardiología puede morir de un infarto. Yo mismo he tenido que estudiar muchas horas la psicología del comportamiento humano y las técnicas de modificación de la conducta, y para nada me han servido a la hora de hacer frente a mi propio alcoholismo.

Pero tal vez esos saberes fríos, junto a la experiencia de haber estado varias veces en clínicas supuestamente especializadas en la atención a los pacientes que sufren esta enfermedad, me permiten valorar en su justa medida el trascendental avance que supone la obra de Bernardo Ruiz y su equipo: el Programa Victoria.

Por primera vez, gracias a él, he visto la luz en un túnel de tinieblas que supuse que no tenía salida.

Es muy poco lo que se sabe en el ámbito del cerebro humano, ese gran desconocido. Apenas un diez por ciento. Y sin duda esa falta de soporte científico es una de las razones por las que fracasan las terapias que se aplican para superar esa extraña enfermedad.

Pero estoy en condiciones de afirmarte, lector amigo, que si has intentado curarte una y otra vez sin éxito, ahora tienes la gran oportunidad de salir del laberinto. 

Mi experiencia personal al haber logrado maniatar la adicción, maniatar, no matar, ya que te acompañará hasta el último día de tu vida, no es ni única ni excepcional entre quienes hemos seguido su terapia.

El enfoque que el profesor Ruiz hace de la adicción es absolutamente original e innovador. Y en un alto porcentaje, sus soluciones pragmáticas han servido para romper las cadenas que oprimen nuestra libertad.

Te aconsejo con todo el calor de que soy capaz que no te limites a la lectura de las páginas de este libro. Que si quieres volver a ser dueño de tu destino, asistas a uno de sus cursos. Así podrás comprobar que puedes poner, como yo y como tantos otros, fin a tu condena.

Te escribo estas líneas como el hombre que lanza un aro salvavidas a quien ve que se está ahogando. Aprovecha esta ocasión. Tal vez sea el último vagón de un tren que se escapa sin retorno. No lo dudes, súbete a él con fe y piensa que si otros lo hemos logrado gracias a las teorías y técnicas del Programa Victoria, tu también puedes lograrlo.

Sin duda todavía te quedan años de vida. De ti depende que los vivas plena y libremente.

Yo también he estado en muchas ocasiones a punto de tirar la toalla, desesperado, hasta que la suerte, o la Providencia, me llevó a conocer al autor de esta obra, hito en la investigación más rigurosa avalada por el éxito.

No te cuento “mi caso”. Por desafortunadas que hayan sido tus experiencias no creo que superen a las mías. Se que no estoy curado. El alcoholismo no desaparece jamás, pero sí que es posible eliminar todos sus síntomas, que es lo que en definitiva importa.

Sumérgete en el agua clara de la lectura de “Objetivo: Libertad” y participa en alguno de sus seminarios. Un sol nuevo, radiante, alumbrará desde entonces tu camino. ¡Suerte, amigo!

Y gracias, Bernardo, y no olvido a tu constante apoyo, María Eugenia, por haberme liberado.

IOX

Paciente del Programa Victoria en 2002

Testimonios incluidos en el libro
Objetivo: Libertad

Objetivo: Libertad. Hoja de Ruta para salir del laberinto de la adicción.

Mi experiencia en el Programa Victoria - María José

Fue difícil reconocer que era alcohólica, pero todavía fue peor reconocer que yo sola no podría salir de aquel estado. Supongo que me creía más fuerte de lo que en realidad era y, aunque lo intenté, no conseguí nada más que desesperarme y beber todavía más.


Tuve la suerte de contar con la insistencia de mis hijos y, aunque es triste decirlo, con la muerte de mi perro por un cáncer de hígado, lo cual me hizo ver claramente en lo que podía terminar, si no me daba prisa en poner la solución.


Mi hija mayor se puso a buscar en Internet sitios de cura del alcoholismo y encontró un programa que se llamaba Victoria y se hacía en Marbella. No estaba muy segura de lo que quería, pero el médico, el psicólogo y mis hijos trataron de convencerme de que lo tenía que hacer. La decisión tenía que ser mía y, gracias a Dios, la tomé, y hay pocas cosas de las que me encuentre más contenta.


En sólo 10 días conseguí algo que pensaba que no podría hacer en toda mi vida. 


La llegada al Hotel fue realmente tremenda, por la sensación de angustia y soledad y hasta de miedo a lo desconocido. Pero esa sensación duró poco. Al día siguiente me encontraba mucho mejor y cada día que pasaba estaba mejor y al final me dio mucha pena tener que irme. Me di cuenta de que era un privilegio ir a curarse a un sitio como aquel, que era lo más opuesto a las clínicas que siempre se han visto. Conviviendo con gente normal, que está de vacaciones y, salvo las sesiones, las películas y los documentales, tienes la sensación de estar también de vacaciones, sin ningún tipo de acoso o angustia. Hay también una terapia de rechazo que es francamente desagradable, pero es tan efectiva, que te olvidas enseguida del mal rato y sólo piensas en las consecuencias, que son muy positivas. 


Salí renovada y creyendo que ya estaba todo vencido. Pero volví al infierno y todo se descompuso en un mes. Volví a beber, y a hacerlo en grandes cantidades, hasta que apagué el infierno y entonces decidí repetir el programa, esta vez libre de otros inconvenientes.


¡Qué fantástica decisión! Ahora ya sé, no es que crea, que no volveré a beber nunca. Es increíble el grado de compañerismo, complicidad y la forma tan natural y desinhibida con la que hablas de cualquier tema con unas personas a las que acabas de conocer. Parece que los conoces de toda la vida. Ya tengo dos experiencias y media (he repetido a los seis meses un fin de semana, por placer más que por necesidad) y me reafirmo en la convicción de que es lo más acertado que he hecho. Mi hígado está perfecto, mi salud muy bien, no me canso nunca y mis ánimos están por las nubes. Es fantástico pasarlo bien y encima resolver los problemas que llevas arrastrando tanto tiempo.


Supongo que volveré, como si fuera a unas auténticas vacaciones. 


María José.
Paciente del Programa Victoria en Mayo de 2007

Testimonios incluidos en el libro
Objetivo: Libertad

Objetivo: Libertad. Hoja de Ruta para salir del laberinto de la adicción.

Soy Libre

Como para escribir soy el tío mas torpe del mundo, voy a empezar el relato por el final. Hay muy pocas cosas en mi vida que yo considere que he hecho casi perfectas y una de ellas fue entrar en el Programa Victoria, al cual hoy le debo tantas cosas buenas que todos los días del año le doy gracias a Dios y a una pareja que me ajustó el coco. Yo soy de los que tiene muy claro que si hubiese seguido con la vida anterior al programa, estaría arruinado, casi muerto por salud o accidente, y abandonado por toda la familia, en fin hecho una mierda. 


Este puto vicio se va cogiendo desde joven, al principio por hacernos el chuleta, luego por perder un poco la vergüenza y reírnos, y más mayores por alternar, después pasa a ser una pesadilla para los que no tenemos tope. 


Yo llegué a pensar que tenia que cambiar de cuidad, de trabajo, de amistades, por que me liaban. Yo he llegado a beberme en un día dos botellas de whisky y la mayoría de la gente dirá, - ¡que animal eso no puede ser! -, pues lo he hecho muchas veces entre las tres de la tarde y las seis de la mañana, y siempre con la excusa de que me lían, nada, todo son mentiras baratas, a las tres de la madrugada tumbas a tus amigos y sigues tú solo hasta caer derrotado. A la una del mediodía te levantas hecho una piltrafa, diciéndote a ti mismo que no vales un duro, no te acuerdas de la mitad de las cosas que hiciste por la noche, pelao como una rata, o sea ni un euro, y jurando que nunca mas lo vas a hacer. 


Me tomo un cafelito, dos “Alka Seltzer” y a las dos me junto con un amigo el cual pide una cervecita fresquita y yo digo pon dos, a los diez minutos yo digo pon dos manzanillas, y a las cuatro de la tarde tengo el whisky en la mano y otra vez a la misma película.


Esto me ha pasado cientos de veces. El mejor consejo que te puedo dar es el de que no bebas alcohol, aunque en el país en que vivimos es muy difícil. Pero la primera vez en tu vida que bebas y no puedas parar de beber hasta caer rendido, ten la valentía de reconocer: ya soy alcohólico, llama al Programa y no lo dejes como yo, que he estado 15 años liado, perdiendo el tiempo y haciéndome daño a mí mismo y también a los míos.


Paso con bastante frecuencia a ver a mi pareja de magos, por que si a mi me han arreglado, algo de magia tienen que tener por que yo soy muy cabezón y con un par de huevos, hablando en plata. Te garantizo que a ti también te emparejan. ¡Si supieses lo que cambia el protagonista principal de la película cuando sale de esos diez días en el hotel y dice: vida nueva!


Soy una persona de las más felices de la capa la tierra, por que el ser humano es bastante gilipollas en general, tenemos que pasar una cosa muy mala para sacarle sabor a las cosas buenas. Y hoy en día me resbala el noventa y nueve por ciento de las cosas que pasan por mi vida. Ver que ya soy dueño de mis actos, es algo que no tiene precio ni se puede comprar en ninguna tienda. Soy libre.

Juan
Hizo el Programa Victoria en Marzo de 2003

Testimonios incluidos en el libro
Objetivo: Libertad

Objetivo: Libertad. Hoja de Ruta para salir del laberinto de la adicción.

Crónica de la nada hecha pedazos

Recuerdo el 3 del 3 de 2003 como una fecha trascendental en mi vida: el ingreso en el Programa Victoria del Instituto Detox. Habían pasado 28 años, aproximadamente, desde que tomé mis primeras copas y día a día, semana a semana, mes tras mes y año tras año me convertí en un alcohólico. Por el camino, la muerte de mi madre, carencias afectivas, soledad, divorcio, hijos… una carrera universitaria, un doctorado, oposiciones, libros, artículos, exposiciones y conferencias, posición, y mucho, mucho alcohol. 


Grosso modo, el trago y todos esos fermentos de frutos y cereales que alteran la percepción, son parte de una amplia farmacopea que el hombre ha utilizado, desde que vive en sociedad, para celebrar sus alegrías o calmar sus ansiedades. Por lo menos así lo registran los vestigios de vida cotidiana que reposan en los museos del mundo. Copas del más variado diseño, botellas y alambiques testimonian que desde hace miles de años la humanidad se emborracha con lo que puede. Esta normalidad me daba licencia intelectual para no quedarme al margen de la humanidad.


 Yo me fui enamorando poco a poco de una botella que no escondía más que crueldad, y que de forma indirecta va mordiéndote y escupiendo su veneno en tu interior, hasta dejarte malherido y pateado. Desprovisto de caparazón contra la naturaleza y absolutamente vulnerable. Entonces me di cuenta que esa crueldad, el alcohol, no tenía forma en sí misma. Me estaba equivocando al culpar una copa o una botella cuando el único culpable de mi autodestrucción no podía ser, por definición propia, otro que yo mismo. 


Viéndome ya enfermo, y lo peor de todo es que aún habiéndolo reconocido, me resultaba del todo imposible dejarlo, ya que mi equilibrio vital se basaba tanto en ella como ella en mí y, de forma reciproca, nos conducíamos hacia la muerte, a la lenta capitulación de una existencia miserable y agónica, aunque a veces con pequeños destellos de lucidez. Estaba permitiendo que mi corazón también se pudriera con objeto de arrancármelo y acomodarlo en un lugar invisible de cuyo nombre nunca me acordaría. 


 Cuando entré en el Hotel llegué borracho, impertinente y desconfiado. Con mis armas intelectuales, pensaba, les iba a desmoronar el Programa porque en diez días era absolutamente imposible que yo me curara y, con posterioridad, mucho menos, me reinsertara con normalidad a la “vida” sin que llamara al camarero para seguir bebiendo. Me sonreía, aunque dolorosamente, y pensaba que tanto el que elige cruz como el que elige cara se equivoca. 


No tardé tiempo en descubrir que los dos se equivocaban. El verdadero camino consistía en no apostar: es decir, no beber nunca más. Y ya embarcado, había que atenerse a los principios del Programa, mirándolo siempre de reojo pero, aunque fuera por educación, debía respetar su filosofía, su ideario, sus clases y por supuesto a sus profesores. Sin embargo, verdaderamente yo me sentía desdichado y al segundo día comencé a sospechar y mis neuronas titubeaban porque el aire que se respiraba, las aventuras y desventuras de mis compañeros de grupo, el exceso de sensibilidad, las grandes dosis de sinceridad y de nuevo la desdicha que galopaba en el ambiente, estaba despertando en mi un extraño resplandor que intuía como una suerte de visita. Quedaba mucho trabajo por delante y decidí quitarme el maquillaje. Definitivamente cruzaría la calle sin pararme en el bar, triste remedio contra la tristeza. 


 Pronto descubrí que la prestación de una atención terapéutica lo más eficiente posible, era una de las máximas del equipo de profesionales que nos atendía y esa cualidad era una buena mirada de futuro para encarar el Programa Victoria. Bernardo Ruiz, director, delicado, de voz pausada pero firme –se percibía gran experiencia- dirigía cada sesión cada vez con mayor aplomo y aunque al principio le veía casi como el objetivo a derribar –aparentemente frío- terminó siendo el máximo protagonista de mi emancipación frente al alcohol. 


María Eugenia, la otra terapeuta, era todo corazón, era su complemento, irradiaba ternura y fueron refrescantes sus clases informales. Yo diría fundamentales. Sus conversaciones eran sinceras y calurosas, era el complemento ante la cierta frialdad que inicialmente transmitía el Director del Programa. Una mujer comprometida y dulce. Fernando, el médico, discreto, muy profesional, fue el causante de los sinsabores del bouquet, de la largura del alcohol en la boca. El hombre que nos hacía mirar en el espejo con los perfumes de distintas bebidas alcohólicas, consideradas por mí mermeladas dulces y delicias para el alma, sólo eran garrote vil. Los tres me calaron, me maravillaron y sería justo decir que me hechizaron. Y lo mejor, para toda mi vida.


 El Programa Victoria no fue un simulacro de independencia, fue la Victoria sobre grandes heridas, de mi irremediable desazón, delirios y extravíos, el drama victorioso de mis sufrimientos. El alcohol sólo servía para adormecer los dolores de los recuerdos y malas experiencias. La ebriedad me mantenía entre el sueño y la realidad. Es el paradigma del bebedor destruido por ser hombre y del hombre destruido por ser bebedor. 


En el Programa Victoria me desperté y empecé a caminar expulsando la melancolía, el desasosiego y muchos grados etílicos que no daban tregua alguna. Pasé de la esclavitud del alcohol a ser libre para elegir. Porque beber o dejar de hacerlo, es eso, una elección de vida. A los diez días dejé el Hotel y también dejé definitivamente de beber para empezar a vivir. Una batalla ardua y cotidiana que aún continúa. Esta es mi crónica de la nada hecha pedazos. Me llamo Francisco Lázaro, soy profesor de Universidad y alcohólico.

Francisco Lázaro.
Paciente del Programa Victoria en 2003

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